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Archivo de la categoría: Citas

Christopher Johnson McCandless.

“So many people live within unhappy circumstances and yet will not take the initiative to change their situation because they are conditioned to a life of security, conformity, and conservatism, all of which may appear to give one peace of mind, but in reality nothing is more dangerous to the adventurous spirit within a man than a secure future. The very basic core of a man’s living spirit is his passion for adventure. The joy of life comes from our encounters with new experiences, and hence there is no greater joy than to have an endlessly changing horizon, for each day to have a new and different sun.”

Algo así como:

“Mucha gente vive su vida inmersa en circunstancias infelices y aun así no tomaran la iniciativa por cambiar su situación porque están condicionados a una vida de seguridad, conformismo y conservadurismo. Todo lo cual aparenta darnos paz mental, pero en realidad nada es más peligroso para el espíritu aventurero que un futuro seguro. La esencia misma del espíritu de un hombre libre es su pasión por la aventura. La alegría de vivir proviene de nuestros encuentros con nuevas experiencias y por lo tanto no hay mayor gozo que un horizonte sin fin, que para cada día tiene un nuevo y diferente sol.”

 

Empty pockets,

 will Allow a greater

 Sense of wealth

 
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Publicado por en 16 diciembre, 2011 en Citas

 

Ernesto “Che” Guevara

“Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario.”

 
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Publicado por en 14 junio, 2011 en Citas

 

El pergamino de la seducción.

Sucia, con el pelo largo suelto y desgreñado, y vestida con un batón gris del que sobresalía la esfera de mi vientre pronta a romperse para dejar salir a María, pasé entre mis carceleros, crucé la antesala en medio de los arqueros, y corrí al jardín, desesperada por vaciarme de la penumbra de semanas. Era agosto. El sol, el aire y los arboles desbordaban la plenitud de sus dones, la enredadera de campánulas azules se desmadejaba de flores, las hormigas atareadas cargaban hojas a sus nidos. Tras muchos días de reclusión alumbrada tan solo por velas, mis ojos lagrimeaban y veía todo envuelto en el filtro de gasa de su humedad. Desde balcones y pasillos, mozos y damas miraban el espectáculo. Forcé la imaginación para que el rumor de sus voces se incorporase al sonido de las hojas en el viento y así no permitir que su curiosidad arruinase mi contento.

A pesar de mi alivio, vale decir que tuve la clara conciencia de que, con cada encierro, más ducha me volvía  en extender los horizontes de mi mundo interior y conquistar los parajes de mi soledad. De no haber sido así, bien que hubiese perdido el juicio.

Este recurso, sin embargo, también me alejaba de los demás al dotarme de la capacidad de ausentarme y borrarlos de mi realidad hasta percibirlos solamente como perfiles en la distancia. Por contraste, no lograba prescindir sin dolor de la belleza muda y generosa de la naturaleza. Ese destierro me producía una añoranza física, un deseo de verde, de copas abundantes y cielo abierto, que a menudo se traducía en un ardor vegetal en las yemas de los dedos, como el que imaginaba sentían las flores al morirse de sed. Me senté bajo un abedul, con las piernas y brazos extendidos y la frente hacia el cielo, y me puse a cantar, a tararear en voz baja, bañándome de sol y brisa.

No sé cuánto tiempo estuve allí, contenta, hasta que llegaron unas damas flamencas a llevarme. Me dejé conducir al baño. Se hablaría de la escena en el jardín como un episodio más de mi locura, pero no me importaba.

Compadezco a mis hijos. Serán todos reyes. Posiblemente infelices. No puedo ofrecerles ninguna niñez venturosa sufriendo como sufro de tanto desamor y tanto encierro. Quizás no los quiero, quizás no me han dejado quererlos. Nunca más me volvieron a ver con ojos de conocerme desde que regrese de España. Les habrán dicho que tienen una madre loca. Y para no ver sus ojos temerosos, preferí verlos poco, casi nada.

El pergamino de la seducción – Gioconda Belli.

 


 
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Publicado por en 11 diciembre, 2009 en Citas

 

La pálida.

Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte.

En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie.

Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido.

Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie,

ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado.

El libro de los Abrazos – Eduardo Galeano


 
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Publicado por en 19 octubre, 2009 en Citas